El suelo y su relación con el clima

Por Dieter Tetzner, | Ilustraciones de Natalie Lebrún,

El suelo y su relación con el clima

El suelo tiene un rol determinante en la actual crisis medioambiental al ser uno de los mayores reservorios de carbono en el planeta. Las actividades humanas recientes han generado un significativo impacto negativo sobre el suelo, intensificando los efectos del cambio climático. Aún así existen distintas maneras en que podemos cuidar el suelo y evitar su constante erosión. Te invitamos a aprender un poco más del impacto humano en la salud del suelo.

El suelo juega un rol fundamental en el sistema climático, al ser uno de los principales reservorios de carbono del planeta. Y en esto, las plantas juegan un rol esencial: para realizar la fotosíntesis, utilizan el dióxido de carbono (CO2) de la atmósfera y lo transforman en carbono orgánico. Luego, al morir o al perder sus hojas, las plantas se entierran y descomponen, traspasando el carbono orgánico al suelo. 

Así, el suelo almacena una cantidad significativa de carbono, siendo incluso mayor que la que guarda la atmósfera, la superficie de los océanos o la vegetación. Este carbono no se retiene de manera indefinida; el suelo interactúa con el medioambiente intercambiando activamente el carbono, actuando como emisor y captador a la vez.

En particular, el suelo incorpora grandes cantidades de carbono desde la biósfera y emite cantidades similares hacia la atmósfera. Si bien la emisión y la captación de carbono por parte del suelo mantiene un relativo equilibrio, cualquier cambio en la biósfera producirá cambios en la captación de carbono, generando así un desbalance en el sistema.

Las actividades humanas en los últimos siglos han generado importantes impactos en el suelo, lo que ha acentuado aún más el rol del suelo en el clima.

La deforestación y la agricultura moderna han reemplazado la vegetación endémica por especies menos eficientes en el uso del CO2 atmosférico. Esto ha disminuido la capacidad del suelo para capturar CO2, provocando así un desbalance que ha llevado a un aumento en las emisiones de CO2 desde el suelo hacia la atmósfera.  

La deforestación y el uso del suelo para cultivos ha modificado la capacidad de la superficie para reflejar la radiación solar. Al reemplazar bosques por cultivos, el suelo pierde la protección de los árboles, acentuando las condiciones extremas en cada estación. En los meses de verano la superficie absorberá más radiación, calentándose y secándose, mientras que en invierno la superficie tenderá a enfriarse más rápidamente.

Ilustración de Natalie Lebrún @_ichnat

El reemplazo de los árboles por cultivos disminuye el aporte de vapor de agua hacia la atmósfera por parte de la vegetación, modificando los patrones locales de precipitación, afectando así el aporte hídrico al suelo.

Es así como las actividades humanas han cambiado el uso del suelo, produciendo cambios directos en los climas locales, los cuales pueden potencialmente producir cambios en los climas de regiones a cientos de kilómetros de distancia.

En el actual contexto de cambio climático, el suelo y su biodiversidad se encuentran en riesgo. Desde la Revolución Industrial, el aumento en la emisión de gases de efecto invernadero (GEI) ha producido un aumento de más de 1.5 grados Celsius en la temperatura superficial promedio (sin considerar la superficie oceánica) 1 Esto ha repercutido en la frecuencia, intensidad y duración de eventos de calor extremo como olas de calor y en los periodos de sequía. 

A su vez, esto ha generado un sostenido aumento en la extensión de zonas áridas propensas a la desertificación, teniendo por consecuencia la degradación del suelo. Estos efectos del cambio climático en el suelo se ven más exacerbados por las actividades humanas.

Hoy en día, las actividades humanas afectan directamente al 70% de la superficie de suelo a nivel global 2

La creciente demanda por cultivos ha producido la expansión del área destinada para agricultura y la industria forestal. Esto ha llevado no sólo al aumento en las emisiones de gases de efecto invernadero, sino que también a la pérdida de ecosistemas naturales y a la pérdida de biodiversidad. De manera similar, la actividad humana ha producido una acelerada degradación del suelo. La tasa a la cual el suelo se erosiona debido a actividades agrícolas es hasta 100 veces mayor a la tasa de formación del suelo. De esta forma, se produce un desbalance ambiental que ha llevado inevitablemente a la reducción de la superficie del suelo a nivel global.

Las proyecciones actuales de cambio climático han permitido estimar los cambios que enfrentará el suelo durante el siglo XXI. Para fines de este siglo se estima que el aumento de la temperatura global causado por el aumento en la emisión de gases de efecto invernadero (entre 1.5 y 3ºC) llevará a una mayor escasez de agua, teniendo por consecuencia una reducción en la vegetación y un aumento en la erosión del suelo. Esto estaría acompañado de un aumento en la población mundial y de la demanda por alimentos y agua, lo cual aumentaría la intervención humana en el suelo. 

Frente a esto, diversas estrategias han sido propuestas para evitar que la intervención humana intensifique la degradación del suelo. La implementación de prácticas de manejo sustentable del suelo, como la agricultura regenerativa orgánica han demostrado ser una herramienta eficaz para reducir el impacto de las actividades humanas en el suelo y mitigar los efectos del cambio climático, ya que está centrada en la salud del suelo y no de las semillas, bajo la premisa de que “la salud del suelo, las plantas, los animales y humanos es indivisible”.3

Si bien las proyecciones futuras estiman un aumento en la degradación del suelo a causa del cambio climático, está en nosotros definir qué impacto queremos que la actividad humana genere en el suelo.

Referencias

  1.  IPCC 2019 Climate change and land report
  2.  IPCC 2019 Climate change and land report
  3.  Sir. Albert Howard

Referencias:

Dieter Tetzner

Dieter Tetzner / PhD (c) Geología, Universidad de Cambridge

Estudiante de Doctorado en Geología y Paleoclimatología en la Universidad de Cambridge, Inglaterra, e investigador en el centro de investigaciones polares británicas (British Antarctic Survey).

Su área de investigación se centra en el estudio del hielo como un indicador para reconstruir el clima del pasado. Para lograr esto, trabaja analizando testigos de hielo de la Antártida, la región sub-Antártica y de la cordillera de los Andes.

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